«¡Nadie quiere jugar conmigo!»

«¡Nadie quiere jugar conmigo!»

“ Cuando un niño quiere tener amigos y no lo logra, sufre mucho. Los amigos no sólo acompañan y hacen la vida más divertida, sino que también nos validan socialmente. Si un niño tiene amigos siente que es lo suficientemente valioso como para que alguien se interese en él. Si no lo consigue, termina muchas veces convencido que no tiene nada valioso para ofrecer. No es necesario tener montones de amigos. Algunos niños se sienten particularmente cómodos en el relacionamiento con pares y son capaces de conseguir y disfrutar la amistad de muchos. Otros , más selectivos o menos extrovertidos , se sienten más cómodos con menos amigos. Unos y otros pueden ser felices y sanos, cada uno con su modalidad y realidad. En la amistad, importa más la calidad que la cantidad de los vínculos. Tampoco es aconsejable que los niños sólo sepan divertirse si están con amigos: es importante enseñarlos a estar consigo mismo, aprender a disfrutar la soledad y a disponer del tiempo como elijan hacerlo. Lo doloroso se vive cuando, queriendo tener amigos, no se consigue. En esta situación los padres pueden ayudar mucho. El primer paso, una vez más, es tratar de entender lo que está pasando. Hay veces que los niños pueden quejarse de falta de compañeros de juego como manera de conseguir la preocupación o benevolencia de los padres, o como manto de humo para ocultar alguna otra situación. Otras veces la queja surge efectivamente de no encontrar la manera de establecer vínculos. Una buena pregunta inicial que deben intentar resonderse los padres es :”¿hay algo en él/ella, en su comportamiento que explique que lo/a rechacen? A los niños les gusta estar con niños que los hagan sentir bien. Por eso suelen rechazar a aquellos que se enojan demasiado fácilmente, que siempre tienen pronta una mala mirada, palabra o gesto, que discuten demasiado, gritan y lloran mucho y son difíciles de satisfacer. Tampoco son buscados los mandones autoritarios que quieren hacer sólo lo que se les ocurre a ellos y que por lo general siempre se quedan con el mejor juguete, rol o lugar. Los niños que se ven débiles, pasivos, incapaces de defenderse, aislados y temerosos pueden provocar emociones bien contradictorias en sus pares. Algunos los pueden compadecer y solidarizarse y tratar de ayudarlos para que la pasen mejor; pero otros pueden evitarlos o aún ensañarse con ellos. Tampoco son aceptados los mentirosos consuetudinarios, o los que transforman su agresividad en “chismes”, o los celosos indisimulados o los que se creen superiores a los demás. En caso de existir alguna de esas características, es por allí donde debe empezar el trabajo que conduzca al cambio favorable. De nada sirve organizar hamburguesadas o salidas para que se integre si su comportamiento va a seguir ahuyentando a los potenciales amigos. Para ayudarlos es importante revisar el clima familiar. El aprendizaje social básico empieza en el hogar. Los hijos de padres autoritarios, por ejemplo, aprenden a utilizar estrategias de dominación y afirmación del poder en el vínculo con los otros, que muchas veces los hace ser impopulares. Los niños criados en un clima familiar estimulante de la agresividad, sometidos al estrés de un clima familiar violento tienden a reproducir entre sus pares este tipo de relacionamiento, cosechando fácilmente el rechazo. Por el contrario, aquellos niños criados en un clima familiar de cariño, apoyo y firmeza incorporan naturalmente un estilo de relacionarse con los demás que los ayuda a ser aceptados socialmente. Los padres que dan un buen ejemplo en los vínculos amistosos, más probablemente tengan hijos con habilidades sociales. Si los niños ven a sus padres relacionarse
adecuadamente con los amigos, si estos ocupan un lugar emocionalmente valorado, si ve la solidaridad mutua y esa sana alegría de estar juntos, muy fácilmente quiera y busque lo mismo para sí. Aprender a ser amigo es muy difícil de enseñar con palabras. Los seres humanos aprendemos las cosas más complejas por imitación. Si los niños ven que sus padres no tienen verdaderos amigos, si ven que sólo buscan a personas cuando les pueden ser de utilidad, que no confían en nadie , que se alejan de alguien cuando está en problemas o que hablan mal de los amigos cuando no están presentes, creerán que eso es lo que hay que hacer. Si por el contrario, reciben el buen modelo de ver a sus padres relacionarse adecuadamente con los amigos lo incorporan fácilmente, manteniendo la impronta social en la que son criados.
Los padres que enseñan a sus hijos buenos modales les facilitan la sociabilización. Aquellos niños que han sido educados para saludar, pedir por favor y dar las gracias y que han aprendido a ajustarse a las reglas, son mucho más exitosos socialmente tanto con pares como con adultos.
Para aprender a relacionarse , la práctica es imprescindible. Los padres pueden ofrecer a sus hijos buenas oportunidades de interacción social exitosa que les permitan crecer socialmente. Para ellos es importante tener buen tino y respeto por las tendencias naturales del niño. Tratar de imponerles determinados amigos sólo porque sus padres son nuestros amigos, o querer combinar modalidades no compatibles pueden ser indeseadas experiencias de fracaso social. Si son chicos es mejor que el tiempo de juego compartido no sea muy largo, de modo de evitar aburrimiento y roces innecesarios. Algunos niños encuentran muy difícil funcionar en grupos de tres por lo que es mejor procurarle en esta etapa un solo amiguito por vez. Los niños tímidos fuera de su casa pueden encontrar una buenísima manera de permitir que los otros los descubran trayéndolos al lugar donde se siente más seguro para ser él mismo.
Con amigos todo es mejor, lo divertido es más divertido y los dolores parecen aliviarse. Cuando nos encargamos que nuestro hijo o hija cree lazos de amistad le estamos asegurando nada menos que mayor felicidad para su vida.

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