“¡Mamá! ¿Porqué ese nene es tan ….raro?”

“¡Mamá! ¿Porqué ese nene es tan ….raro?”

Cuando esta pregunta es formulada en voz alta frente al primer niño que nuestro hijo ve con una notoria diferencia o discapacidad, nuestro corazón se congela, desearíamos que la tierra nos tragara y necesitaríamos muy intensamente que la vida tuviera un botón que nos permitiera eliminar la última escena. Apenas reaccionamos, lo más frecuente es que miremos a nuestro hijo como para fusilarlo y de un tirón nos alejemos del lugar del oprobio. Y apenas podamos hablar le vamos a pasar el tal rezongo y le enseñaremos, con la mejor de las intenciones, a no mirar a los diferentes, ni mencionar jamás ninguna diferencia.  Y nos iremos a dormir tranquilos pensando que ese día, nuestro hijo aprendió una buena lección.

Pero pongámonos por un momento en el lugar del niñito con la discapacidad o notoria diferencia. Venía paseando tranquilamente, ve que otro niño lo mira con interés lo que probablemente lo alegre porque a los niños les gusta relacionarse con otros niños. Pero de pronto ve cómo la mamá del otro lo rezonga y se lo lleva de donde estaba como si hubiera allí una peste contagiosa. Y no le pasa eso una vez. La escena, con alguna variante leve, se repite cada vez que sale a pasear. 

No hace mucho leí el pedido público de una mamá con una hija que nació con malformaciones físicas visibles, a las otras madres del mundo. Ella escribió una carta pidiendo que no hicieran eso nunca más porque su hija sufría muchísimo cada vez que le pasaba. Decía que no le dolía que la miraran ni que le preguntaran qué le pasaba, pero que si la perturbaba mucho que la ignoraran activamente o la rechazaran.

¡Cuánta razón! ¡Cuánto dolor podemos causar sin quererlo y, cómo, además, perpetuamos  el rechazo a los diferentes aún cuando nos creemos que no!

Es un hecho que a los niños les llama la atención las diferencias desde que son muy pequeños. Incluso puede manifestar su zozobra frente a lo que no conocen con palabras de rechazo : “feo”, “malo”. Es como un prejuicio que viene instalado en nosotros pero diferente al prejuicio de los adultos porque es ingenuo y sin ideología. A este prejuicio natural y silvestre, con la educación y la crianza podemos tanto fortalecerlo como desmantelarlo. Podemos enseñarles que si, que es espantoso lo que es diferente y que debemos alejarnos de ello. Lo podemos hacer sin darnos cuenta cuando los rezongamos por mirar o comentar una diferencia, o cuando elegimos que vivan en un entorno en el que sólo hay personas “estandar” , casi perfectas. Qué pena cuando eso pasa, porque el mundo de verdad es un mundo diverso y si no criamos a los niños para aceptar, conocer y no tenerle miedo a la diversidad, no los preparamos bien para el mundo de verdad.

Si por el contrario, los criamos en un ambiente humanamente rico donde hay lugar para todos, naturalmente aprenderán a conocer y no temer y aceptar como parte de su mundo a los que tienen otro color de piel, otra identidad de género, otra religión, otra cultura, que no caminan, o que tienen autismo, o que son sordos, o…..tantas otras cosas.

Ellos mismos descubrirán las diferencias,  y cuando nos pregunten sobre ellas lo mejor que podemos hacer es explicarlas sin eufemismos ni juicios ni conmiseración. Darle información concreta sobre la diferencia y/o discapacidad reduce el miedo a lo desconocido y la percepción de “rareza”. Cuando los niños aprenden a no temerle a las diferencias es que pueden realmente conectar con todos los seres humanos honestamente.

Entonces, la próxima vez que les pase esa situación de curiosidad frente aun diferente no lo rezonguen ni lo repriman ni hagan “mutis por el foro”. Discúlpense con la persona diferente si fue ofendida, explicando que el niño sólo estaba curioso. Preséntense y presenten al niño, sean corteses y no hagan preguntas. Dejen que fluya lo que tenga que fluir en ese momento, permitiendo el encuentro humano. Y sigan la conversación a solas después con su hijo/a. No los hagan sentir mal, pero sensibilícenlo de manera positiva por las diferencias y discapacidades. Háganlo ver a la persona que hay detrás de un diagnóstico o una discapacidad . Siempre es más lo que nos hace iguales que diferentes. Cuando logremos que nuestros niños crezcan con esa convicción ya nadie hablará ni de integración ni de tolerancia ni de inclusión, y sólo conviviremos asumiéndonos naturalmente como hermanos. 

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